18 de agosto.
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Reflexiones · 19 de octubre de 2026

Cuatro protagonistas, dos finales y una misma pasión

Ilustración de cuatro siluetas sobre cartas, entre el mar y dos caminos, en azul, naranja y tinta negra

Esta historia tiene cuatro protagonistas, dos finales y una misma pasión.

Cuatro hombres. Cuatro poetas. Cuatro maneras de entender la vida, de amar, de creer y de mirar el mundo.

Dos eran homosexuales. Los otros dos, heterosexuales.

Dos tuvieron que abandonar su tierra. Los otros dos fueron asesinados.

Uno murió a manos de quienes actuaban en la retaguardia republicana. Otro, a manos de quienes se habían levantado contra la República.

Y, sin embargo, los cuatro tenían algo en común.

La poesía.

Pero también algo que me interesa mucho más para contar esta historia: se conocían.

Compartieron amistades, libros, conversaciones, correspondencia, cafés, viajes y proyectos.

No quiero contaros sus vidas por separado. Quiero contaros cómo se cruzaron.

Y quiero proponeros un pequeño juego.

Durante las próximas líneas no voy a revelar sus nombres. Tampoco sus ideas políticas, sus creencias religiosas ni a quién amaban.

Quiero que los conozcáis antes de juzgarlos.

Después os contaré cómo terminaron sus vidas.

Y al final, cuando sepáis quiénes eran, os haré una pregunta.

Pero primero vamos a conocerlos.

Los muchachos que querían escribir

Madrid, años veinte.

Uno de nuestros protagonistas era un joven andaluz que había cambiado los pinceles por las palabras. Le gustaba pintar, le gustaba escribir y llevaba el mar de su infancia metido en los bolsillos.

Otro procedía de Málaga. Era un muchacho inquieto, interesado en las nuevas corrientes artísticas que llegaban de Europa. Había descubierto el surrealismo y quería experimentar con una poesía que rompiera las reglas.

Ambos se conocieron en los círculos literarios madrileños.

El primero recordaría al segundo en sus memorias. También evocaría una visita que hicieron juntos a Juan Ramón Jiménez.

Me gusta imaginar aquel encuentro. Dos jóvenes poetas visitando a otro al que admiraban. Dos muchachos con libros por publicar y una vida entera por delante.

No sabemos qué se dijeron aquella tarde. Y no voy a inventármelo. Pero estoy seguro de que ninguno de los dos habría imaginado cómo terminarían sus vidas.

Lo que sí sabemos es que sus caminos se cruzaron y compartieron aquella experiencia.

El malagueño tenía otros amigos.

Uno de ellos era un sevillano reservado, de carácter difícil, que había encontrado en la poesía una manera de expresar aquello que no siempre podía decir en voz alta.

Entre ambos existió una relación de afecto y colaboración literaria.

Compartieron inquietudes surrealistas e incluso imaginaron la creación de una revista.

Pensadlo un momento.

Dos amigos haciendo planes. Hablando de libros que todavía no existen, de poemas que aún no han escrito, de proyectos que quizá nunca lleguen a realizar.

Nuestro cuarto protagonista era un granadino extraordinariamente sociable. Tocaba el piano, escribía versos, hacía teatro y poseía una personalidad que dejó huella en quienes lo conocieron.

El muchacho que había cambiado los pinceles por la poesía encontró en él a un amigo.

Se llamaban «primos».

No porque fueran familia, sino porque aquella palabra se convirtió en una forma cariñosa de reconocerse.

Se escribían. Se echaban de menos. Y se reían juntos.

El granadino también formaba parte del mundo literario que compartían nuestros otros protagonistas.

Todos pertenecían a una generación de escritores que estaba transformando la literatura española.

No eran cuatro hombres idénticos. Ni siquiera pensaban siempre igual.

Pero tenían algo que los unía antes de que la vida terminara separando sus destinos.

Las palabras que quedaron

Hay algo especialmente hermoso en las cartas antiguas.

Sus autores no saben que, casi un siglo después, alguien estará leyendo sus palabras.

No escriben para nosotros. Escriben para sus amigos.

Por eso me interesan tanto.

El granadino escribió al muchacho del mar hablándole de sus ganas de volver a encontrarse y reír juntos.

El sevillano dejó constancia del afecto que sentía por el malagueño.

Y este último participó activamente en aquel mundo de revistas, publicaciones y proyectos literarios que compartía con sus compañeros.

No eran únicamente nombres impresos en las mismas antologías. Eran personas que se trataban. Que se buscaban. Que se escribían.

Amigos que se echaban de menos, que hacían planes y que tenían toda una vida por delante.

Y entre tantas cartas, poemas y recuerdos, quedaron palabras como estas:

«Mi carta lleva el abrazo de Navidad».

«Me da coraje estar tan cerca de ti y no verte con frecuencia».

«Se trata de un amigo con el cual estoy unido en lo posible».

«Nos hace falta reír juntos un rato».

«Hasta hace unos días hemos tramado una revista surrealista».

«Vivo estabas como un rayo de sol».

No importa todavía quién escribió cada frase ni a quién iba dirigida.

Y aquí quiero detenerme en una cuestión.

El cariño. La admiración. La necesidad de contarle algo a alguien. La alegría de encontrarse.

Porque esas pequeñas cosas son las que convierten una biografía en una vida.

Y nuestros cuatro protagonistas estaban viviendo las suyas.

Hasta que llegó 1936.

Dos caminos hacia el destierro. Dos hacia el paredón

La guerra lo cambió todo.

Dos de nuestros protagonistas sobrevivieron, pero tuvieron que marcharse.

Uno había encontrado en la poesía una manera de expresar su compromiso político. Había tomado partido y no ocultaba sus convicciones.

Abandonó España y pasó décadas lejos de su tierra. Vivió en otros países, escribió, formó una familia y siguió llevando consigo el recuerdo de aquel lugar al que pertenecía.

Finalmente regresó.

Habían pasado casi cuarenta años.

El otro también tuvo que vivir lejos de España.

Era un hombre más solitario. Su poesía estaba profundamente marcada por el deseo, la incomprensión y la distancia entre lo que uno sueña y lo que la realidad permite.

No regresó. Murió en México.

Los dos habían perdido su país durante décadas. Uno pudo volver. El otro no.

Los otros dos protagonistas tuvieron un destino todavía más cruel.

Ambos fueron asesinados en el verano de 1936.

Los dos eran poetas. Andaluces. Compartieron tertulias, excursiones y amigos comunes. Sus caminos también se cruzaron en las revistas literarias de aquella generación.

Y los dos murieron víctimas de la violencia política.

Pero había una diferencia.

Los asesinaron quienes combatían en bandos contrarios.

El primero fue detenido en Granada.

Era un hombre conocido por su literatura, sus relaciones personales y su cercanía a ambientes republicanos.

Su homosexualidad también lo hacía vulnerable en una sociedad profundamente intolerante.

Fue asesinado sin juicio por fuerzas vinculadas a los sublevados.

Tenía 38 años.

El segundo fue detenido en Málaga.

Procedía de una familia acomodada y católica. Con los años había evolucionado hacia posiciones políticas de derecha y se había vinculado a organizaciones conservadoras.

Fue encarcelado y, durante la violencia desatada tras un bombardeo sobre la ciudad, asesinado por integrantes de las fuerzas revolucionarias que actuaban en la zona republicana.

Tenía 32 años.

Ninguno tuvo un juicio justo. Ninguno merecía morir por sus ideas.

Y ninguno de sus poemas perdió belleza por el hecho de que sus asesinos llevaran una bandera diferente.

Uno era homosexual. El otro, heterosexual.

Uno estaba próximo al mundo republicano. El otro se había situado políticamente a la derecha.

Uno fue asesinado por los sublevados. El otro, por quienes actuaban en la retaguardia republicana.

Y aquí es donde quiero detenerme.

Porque llevamos demasiado tiempo hablando de unos muertos como si fueran nuestros y de otros como si pertenecieran a alguien más.

Como si la dignidad humana dependiera de la ideología de quien aprieta el gatillo.

Como si la muerte de un poeta pudiera resultar menos terrible cuando sus ideas no coinciden con las nuestras.

Ahora sí, sus nombres

El muchacho del mar era Rafael Alberti.

Mi poeta favorito. Rojo, exiliado durante décadas, regresó a España en 1977 y murió en 1999.

El granadino al que llamaba «primo» era Federico García Lorca.

Homosexual, de una sensibilidad religiosa compleja y profundamente presente en su obra, fue asesinado por los sublevados en agosto de 1936.

El sevillano reservado era Luis Cernuda.

Homosexual, autor de La realidad y el deseo, vivió en el exilio y murió en México en 1963. Su relación con la religión fue conflictiva y no puede reducirse a una simple etiqueta.

Y el muchacho malagueño que se interesaba por el surrealismo era José María Hinojosa.

Católico, vinculado políticamente a la derecha, fue asesinado en Málaga por integrantes de la represión revolucionaria en agosto de 1936.

Cuatro poetas. Dos homosexuales y dos heterosexuales. Distintas maneras de vivir la fe.

Dos exiliados. Dos asesinados.

Cuatro hombres que se conocieron, compartieron amistades y se cruzaron mucho antes de que la guerra decidiera sus destinos.

Y ahora sí, aquí es donde me encabrono

Porque después de conocer sus historias, después de imaginar sus conversaciones, sus cartas, sus viajes y sus proyectos, me resulta insoportable pensar que todavía hoy haya quien necesite saber de qué lado estaba cada uno para decidir cuánto merece lamentar su muerte.

Me parece una indecencia.

Y no, no estoy comparando la España de 1936 con la de nuestros días. No vivimos aquella guerra ni sufrimos sus circunstancias. Sería una frivolidad establecer semejante equivalencia.

Pero hay algo en nuestra manera de enfrentarnos al que piensa diferente que debería preocuparnos.

Hemos convertido demasiadas conversaciones en trincheras.

Todo es izquierda o derecha. Progresista o conservador. Rojo o facha. Conmigo o contra mí. (Frase sacada del libro " Noe me invita a un café que paga Cristian")

Y entre tanto grito, entre tanta bandera y tanta superioridad moral, parece que hemos olvidado algo tan elemental como que detrás de las ideas hay personas.

Personas que aman a sus hijos, que cuidan de sus padres, que se enamoran, que tienen miedo, que se amenazan por grupos de WhatsApp, que escriben poemas, que tocan música, que dibujan, que se ríen con sus amigos y que, algunas noches, no pueden dormir porque la vida les pesa demasiado.

Personas, como tantas otras. Como las que tenemos cerca, como las que nos quedan lejos. Personas, joder. Personas.

No programas electorales con piernas.

Me niego a aceptar que para condenar el asesinato de Lorca tenga que justificar las ideas de Hinojosa. Y me niego igualmente a que lamentar la muerte de Hinojosa pueda interpretarse como una traición a la memoria de Lorca.

¿Qué clase de miseria intelectual es esa?

¿Desde cuándo reconocer la humanidad de alguien significa abrazar sus ideas?

No necesito estar de acuerdo contigo para respetar tu vida. No necesito compartir tu fe para comprender tu dolor. No necesito amar como tú, votar como tú ni pensar como tú para reconocer que tu sufrimiento importa.

Y, sin embargo, a veces parece que exigimos una declaración ideológica antes de concederle a alguien el derecho a nuestra compasión.

Nos indignamos por unas injusticias mientras buscamos excusas para otras.

Reclamamos memoria, pero demasiadas veces solo queremos recordar aquello que confirma lo que ya pensábamos.

Y así convertimos la historia en un escaparate donde cada cual elige a sus muertos favoritos.

Como si la dignidad humana pudiera repartirse por colores.

Pero condenar un asesinato no exige justificar otro. Y reconocer a una víctima no debería obligarnos a ignorar a las demás.

Me gusta la poesía precisamente porque me ha enseñado a desconfiar de las respuestas demasiado sencillas. Porque me ha mostrado hombres llenos de contradicciones, de virtudes y miserias, de convicciones y dudas.

Porque nadie cabe entero en una etiqueta.

Y quizá por eso me duele tanto ver cómo hemos convertido nuestras diferencias en motivos para despreciarnos.

Porque hubo un tiempo en que dos jóvenes poetas viajaban juntos por los caminos de Andalucía. Uno conducía y el otro recitaba versos.

Años después, unos hombres asesinaron al primero y otros hombres asesinaron al segundo.

Sus ideas no eran las mismas. Sus asesinos tampoco.

Y a mí me gustaría que, antes de volver a dividir el mundo entre los nuestros y los otros, fuéramos capaces de recordar aquella imagen.

Dos muchachos.

Una carretera.

Un poema.

Y toda una vida que todavía estaba por escribir.

Lorca no tiene dueño

Después de ver La bola negra, posiblemente la mejor película que he visto en mi vida, hay algo más que quiero decir.

Me irrita ver cómo tanta gente repite como un loro que a Lorca lo mataron por ser gay, como si con esa frase quedaran explicadas su vida, su muerte y toda su obra.

Y no pretendo negar la importancia de su homosexualidad ni la persecución que sufrió. Lo que me niego a aceptar es que una sola circunstancia sirva para explicar a un hombre tan complejo.

Como si Federico García Lorca hubiera nacido para convertirse, casi un siglo después, en el símbolo de una causa.

Me irrita ver cómo algunos se colocan el pin de Federico en la pechera, no tanto para recordarlo como para exhibirlo. Como quien luce la insignia de un club distinguido, una especie de carné de superioridad moral que acredita pertenecer al lado correcto de la historia.

Pues tengo algo que decirles.

Lorca no tiene dueño.

No es vuestro. Tampoco mío.

No pertenece a la izquierda ni a la derecha, ni a los creyentes ni a los ateos, ni siquiera exclusivamente a quienes comparten su orientación sexual.

Y si crees que Federico está más cerca de ti porque votas como supones que habría votado, porque amas como él amaba o porque llevas su cara prendida en la solapa, quizá no hayas entendido nada.

Ni de su poesía.

Ni de sus contradicciones.

Ni de él.

No se honra a un poeta convirtiéndolo en un panfleto. Se le honra leyéndolo. Así que léelo, porque si llevas el pin sé que no lo has leído, sé que no lo conoces.

Y, sobre todo, aceptando que quizá tenga cosas que decirnos que no nos gusten, que nos contradigan o que nos obliguen a pensar.

Porque si solo eres capaz de admirar a Lorca cuando crees que está de tu lado, no estás admirando a Lorca.

Estás alimentando a tu ego con más comida de la que puede digerir.

Y quizá todos hayamos caído alguna vez en esa tentación: buscar en los muertos una confirmación de nuestras propias ideas, en lugar de escuchar lo que realmente tenían que decirnos.

Yo también tengo mis convicciones. Y tengo mis poetas favoritos.

Pero no quiero que la admiración me impida ver sus contradicciones, ni que mis ideas me impidan reconocer la humanidad de quienes pensaban de otra manera.

Al principio os prometí una pregunta.

Aquí la tenéis.

Ahora que conocéis sus nombres, sus ideas, a quién amaban y cómo murieron, ¿ha cambiado algo?

¿Os duele menos alguno de ellos?

Porque si la respuesta es sí, quizá el problema nunca estuvo en aquellos cuatro poetas.

Quizá esté en nosotros.

poke.